Crecí y nací en el norte de la Península Ibérica. Me desengañé de todo en cuanto pude. Me desengañé, seguí para delante, y más tarde me fui convirtiendo en una víctima de la cultura pop y del postmodernismo, que sabe dios que es todo eso. El caso es que ‘La Guerra de las Galaxias’, la trilogía que se hizo primero, la buena, la vi ya crecidita, y que mi lectura de ‘El Principito’ llegó también con el paso de los años.
Jugando crecí. Peleando con boas seguí. Disfrutando de rosas viví.
Mi familia me ha dado la cosa esa de las rosas. Son personas que me han hecho disfrutar de las rosas, de esas cosas que son pequeñas y grandes a la vez. De la belleza de las rosas, de la magia de compartir rosas, de olerlas y aproximarlas a las narices y darlas para oler. La magia rosa del amor más sibarita, más feroz a la vez, es la que he vivido en mi casa.
-Mira, aita, huele.- Le acerco un limón a la nariz.
-¡Jo, qué fresco, qué sano está!-
-Ay, siempre igual.- Sonríe la ama, observadora, a la vez que coge un trozo de tostada con sendos movimientos delicados de los cubiertos y se lo mete a la boca. El café, como siempre está demasiado caliente y tiene que esperar a que se enfríe. Está demasiado lechoso, encima. Siempre igual.
El aroma de un limón recién cortado cuya corteza es amarilla pero con tintes de verdor. Bajo ella, un blanco blanco sin más y la pulpa amarilla clara, como el matiz del amanecer avanzado del Cantábrico, cuando el mar está planchado, el día tranquilo meteorológicamente hablando y ya se puede disfrutar de la luz completa. El aroma de ese limón te cierra los ojos y te transporta a lo más simple. Los abres y el día sigue.
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