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Naiara Centeno

Spanish – Linguistics – Research – Teaching

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Veloces

En casa estamos la ama, el aita y yo de momento, y están por llegar mi hermana y su familia porque acaban de tocar el timbre de abajo. Están subiendo. La ama de mientras termina alguna cosa en la cocina para la cena. Seguro que hay un buen tomate de casera medio verde como a mí me gustan cortado para ensalada. El aita tendrá en la tele el “western”, la película del “oeste”, que pasan en Euskal Telebista. Yo acabo de salir de la ducha y me siento totalmente derrengada tras el viaje de unas veinte o veinticuatro horas desde Estados Unidos. Espero de pie en esa esquina porque sé que se viene algo para lo que tengo que esperar justo ahí.

El pasillo no es grande pero es alargado y tiene en uno de sus lados más largos dos armarios. Las cuatro puertas de estos armarios son espejos en su integridad enmarcados en una madera que hoy todavía me gusta. Estos espejos, reporteros gráficos de nuestras vidas, han tenido marcadas las manos de todos los niños que han pasado por casa. A medida que íbamos creciendo mi hermana y yo las marcas iban subiendo en altura, y cuando de pronto llegaron los nietos de mi ama y de mi aita, las marcas volvieron a estar bajitas bajitas para volver a ir subiendo. La ama ya va viniendo de la cocina y se va acercando a la puerta. El aita sigue sentado pero volverá a levantarse en instantes para venir al pasillo. Estamos todos igual de contentos, expectantes. Se viene el momento. Se oye el ascensor llegando al tercero. Toda la vida se ha oído de igual manera. La ama abre la puerta de casa y el aita ya está en el pasillo conmigo.

Mi sister y su family van saliendo del ascensor. Aparece de repente un terremotillo con sus patitas pequeñas y veloces. Isabel, mi sobri, todavía pequeñita, pero con una energía inigualable, sale de la puerta del ascensor, así chiquitita como es ella, a su altura, y levanta la vista. Ya le han contado que he llegado de Estados Unidos y nos ve a todos, pero me busca igualmente. Me encuentra en la esquina del pasillo esperándola y aprieta a correr hacia mí. Yo me pongo de cuclillas para estar a su altura y que ella pueda atinar con su abrazo de oso, el abrazo de oso que me espera. Corre con sus veloces patitas, con felicidad, brillo y vértigo en sus ojos. Yo de cuclillas, sonriente, nostálgica, disfrutona, la freno en su carrera. Con sus dos bracitos y más que un grito me abraza y nos echamos a reír. Estando yo de cuclillas y tan cansada después del viaje, no puedo más que caerme para atrás riéndome por la fuerza del envión que propina. Sus risotadas son tan protagonistas como las mías, las dos en el suelo muertas de risa. El resto de la familia, Eider, Carlos y los aitas –Agus faltaba, después le contaría—se reían también. Los aitas tenían que esperar esa vez, pero ya enseguida les tocaría su correspondiente muxu.

De eso hace ya unos años e Isabel ha crecido mucho. Si hoy cierro los ojos con idea de recordar alguno de los mejores momentos pasados con Isabel, suele llegar éste a mi mente. Sonrío continuamente como ahora. Me emociono como ahora. Una preciosidad que hoy comparto.

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El Cantábrico

Crecí y nací en el norte de la Península Ibérica. Me desengañé de todo en cuanto pude. Me desengañé, seguí para delante, y más tarde me fui convirtiendo en una víctima de la cultura pop y del postmodernismo, que sabe dios que es todo eso. El caso es que ‘La Guerra de las Galaxias’, la trilogía que se hizo primero, la buena, la vi ya crecidita, y que mi lectura de ‘El Principito’ llegó también con el paso de los años.

Jugando crecí. Peleando con boas seguí. Disfrutando de rosas viví.

Mi familia me ha dado la cosa esa de las rosas. Son personas que me han hecho disfrutar de las rosas, de esas cosas que son pequeñas y grandes a la vez. De la belleza de las rosas, de la magia de compartir rosas, de olerlas y aproximarlas a las narices y darlas para oler. La magia rosa del amor más sibarita, más feroz a la vez, es la que he vivido en mi casa.

-Mira, aita, huele.- Le acerco un limón a la nariz.

-¡Jo, qué fresco, qué sano está!-

-Ay, siempre igual.- Sonríe la ama, observadora, a la vez que coge un trozo de tostada con sendos movimientos delicados de los cubiertos y se lo mete a la boca. El café, como siempre está demasiado caliente y tiene que esperar a que se enfríe. Está demasiado lechoso, encima. Siempre igual.

El aroma de un limón recién cortado cuya corteza es amarilla pero con tintes de verdor. Bajo ella, un blanco blanco sin más y la pulpa amarilla clara, como el matiz del amanecer avanzado del Cantábrico, cuando el mar está planchado, el día tranquilo meteorológicamente hablando y ya se puede disfrutar de la luz completa. El aroma de ese limón te cierra los ojos y te transporta a lo más simple. Los abres y el día sigue.

 

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